LOS “DSI” (S.O.S. –INFANCIA)

Como la moda son los rótulos en términos de siglas, vamos a utilizar esta sigla para hablar del fenómeno actual en términos de diagnóstico. Inventé solo a modo de juego y con el objetivo de captar el interés del lector, la sigla DSI (diagnósticos sobredimensionados en la infancia).
No lo hago por menoscabar la inteligencia de profesionales y familiares, sino porque es una realidad que aquello que se convierte en moda, llama la atención.
Cuando los profesionales de la salud mental se reciben, comienzan la formación en especialidades. Existe mucha capacitación en psiquiatría biologista auspiciada por laboratorios, y por lo tanto (o como corolario de ello) se han instalado con mucha fuerza en el mundo, los diagnósticos del manual de Psiquiatría DSM IV.
La idea de tener consenso internacional sobre los padecimientos y cómo denominarlos, es buena. Sin embargo, tiene de preocupante que las escalas y las características enumeradas contienen cuestiones comunes a la infancia. Por lo tanto siempre vamos a ver en el paciente algunos de esos indicadores.
Por lo menos en algunos ítems, siempre describe a un niño normal. Casi todos los chicos tienen intereses especiales, a quién no le gustan los dinosaurios, qué chico hoy por hoy no se enfrasca con la computadora, o pueden tener modalidades sociales vinculadas a su herencia y no son patológicas.
¿Qué niño no es inquieto, que niño no es activo?, ¿qué niño no es la consecuencia de la crisis de autoridad?
Se ha llegado al extremo de dar el nombre de un trastorno al niño desobediente. Se lo llama ahora TOD (trastorno oposicionista desafiante). ¿Entonces ahora un niño normal, con una conflictiva familiar, pasa a ser un trastornado que tal vez necesite de algún antipsicótico (¿risperidona tal vez…?)
Con treinta años de ejercicio profesional, puedo garantizar que el camino del chaleco químico es mucho más corto que trabajar con las variables familiares que hacen funcional la vida de un niño. Claro, es mucho más trabajo. Sin embargo es el camino más sano. ¿Por qué darle un psicofármaco que tiene importantes efectos adversos, si podemos intervenir con otros abordajes?
Aparecen en la vida de los profesionales estas nuevas conceptualizaciones teóricas. Los TGD. Para los que conocemos muchos cuerpos teóricos del conocimiento psicológico, podemos inferir que el desarrollo del tema TGD, es sólo una parte del pensamiento científico y fomentado por la psiquiatría biologista. Sucede que las nuevas generaciones de psicólogos, psiquiatras, psicopedagogos y todos los agentes de salud, se encuentran con que el mercado está invadido con los cursos de la especialización en TGD. Y allá van, como si fuera la única verdad, la única salida y la única posibilidad.
Les voy a contar una anécdota con la intención de hacer una suerte de comparación. Hace unos cuantos años, me llama una amiga para decirme que si me vestía de gala y concurría a un determinado salón, me iban a contar cómo hacerme rica en poco tiempo. Confiando en mi amiga y ganándome la curiosidad, asistimos con mi marido. Nos encontramos con centenares de personas bien vestidas en un salón imponente. En una tarima y en el centro había un frasco con una marca (“Relevante”).
Inmediatamente muchas personas del auditorio empezaron – a pedido del conductor y animador del evento – a mostrar jugosos cheques ganados con sus ventas. Cuando terminaron de exponer las bondades del detergente (perdón, ”producto mágico de limpieza”), se aceraron tres operadores detrás de la amiga que me cursó la invitación, para preguntarnos con cuántos frascos nos anotábamos. Las personas que venían con ella fueron presentadas como sus familiares (papa, tío, abuelo), para mi desconcierto, que sabía que no eran sus parientes.
Pusieron mala cara cuando dijimos que “lo queríamos pensar”.
Conclusiones
Al sistema de venta agresiva piramidal, no le importa el producto, es lo de menos. Lo que importa es cómo convencen al consumidor. Lo de los familiares viene a cuento porque todo lo que “es familiar” vende. Y así terminaron muchas personas estafadas con sus casas llenas de un detergente que después no le podían vender a nadie.

Me tomo el trabajo de contar esta historia, para llevar a la reflexión sobre los recursos de márketing con los que cuentan los laboratorios. Son un imperio y sus agentes de venta son los psiquiatras.
Bienvenidas las drogas si las necesitan niños con trastornos profundos y síntomas cruentos. LO QUE AQUÍ DENUNCIAMOS ES QUE LAS ESTÁN USANDO PARA NIÑOS NORMALES CON CUALQUIER PROBLEMA TÍPICO DE LA INFANCIA.

El desarrollo de la teoría de los trastornos, dejó de lado el análisis de la circunstancia vital del niño.
Es interesante pensar que a los padres nos pasa que no nos gusta demasiado que se entrometan para “ver” qué pasa en nuestra familia. Por lo tanto, la consecuencia es que cerramos esa ventana a la interpretación de la dinámica familiar, para dejar lugar a la categoría y la clasificación que seguramente explica por qué mi hijo no aprende, desobedece, se orina, tiene miedo, es inquieto, no escucha, no quiere, no puede,..etc. Se corre el riesgo de darle más crédito al médico que no se mete con la intimidad.
La realidad es que muchas veces situaciones familiares como mudanzas, celos, historias de los progenitores, situación económica, cambios, hechos significativos y falta de seguridad y autoridad, determinan cuadros que pueden ser resueltos con los recursos terapéuticos tradicionales, y/o con nuevas miradas a partir de los mismos.
Es importante diferenciar cuándo hay una dificultad de orden neurológico, y cuándo son cuestiones habituales y comunes a la infancia. Un niño de carácter difícil e inquieto, no puede dejar de ser un niño sano para pasar a ser un TGD con certificado de discapacidad mental.
Si se tratara solamente de algún mal diagnóstico hecho por un profesional que carece de idoneidad, no tendría sentido este artículo. Se trata de que esta distorsión está pasando desde años y cada vez más.
Muchos padres, cuando vienen con un diagnóstico de TGD, emitido por prestigiosos y reconocidos institutos, llegan tan convencidos, que es una tarea titánica hacerles ver que tienen un hijo normal, al que se puede ayudar con un cambio en la política o simplemente en la práctica educativa.
Aquel salón imponente donde se vendía el detergente, es el paralelo que pretendo hacer con lo impactante que es para una familia, un instituto que tiene un edificio de toda una manzana con sucursales en otros puntos. Quién puede dudar de alguien que trabaje en nombre de semejante magnificencia. Venimos los psicólogos en nuestro lindo pero humilde consultorio, a decirles… “eso que les dijeron está mal. Su hijo tiene problemas pero lo podemos ayudar sin ajustarlo al rótulo del manual de los psiquiatras y lo que es mejor, sin certificado de discapacidad (ya que no la posee / no la padece), y sin medicación (ya que no la necesita)”.
¿Quién nos cree?
Tal vez los padres que se animen a pensar que el detergente que compran habitualmente y desde hace tiempo en el supermercado, tiene también sus buenas propiedades. Que no hace falta gastar una fortuna en sofisticados productos mágicos y que en definitiva, los resultados van de la mano del compromiso propio.
Lic. S. Isabel Rejtman
Psicóloga UBA – MN 6.664

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